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Esta es una declaración de intenciones para mi mismo. La dejaré publicada aquí para poder visitarla y redireccionar mi avance cada cierto tiempo.

Comienzo sincerando que la frustración que me abriga no es más tibia que la aspiración que me embarga. La brisa fría de mis anhelos reanima mis oxidados músculos y me arroja a delimitar, a marcar una linea de inicio, a rayar la cancha en el primero de sus lados… e intuyo que este estadio no tiene público y que esta pista de juego no es un rectángulo de 4 lados, sino más bien un solitario escenario más parecido a un dodecaedro que un tablero de ludo.

Dejo de eludir el punto, la declaración de intenciones, el motivo fundacional: Declaro mi aspiración a ser feliz y a sentirme pleno.

Después de pensarlo, esas pocas palabras son el jugo que se exprime de esta fruta madura en proceso de incipiente de putrefacción. Ojalá en unos años pueda verme como un buen late harvest… El objetivo final no es más complejo que esas dos frases y bien sé que si logro cualquiera de las dos ya será más que el promedio de hombres y mujeres que tal como yo, nos arrastramos por esta tierra dejándonos llevar por la corriente infinita de pulsiones simples, carentes de aspiración y conformados con placeres mediocres, con orgasmos insulsos como la chispa de un encendedor de piedra (solo la chispa). Quizá alguna vez me detenga a hablar más de esto.

Mens sana in corpore sano

Décimo Junio Juvenal

Mi cuerpo es un tríptico. Mis hijas integran la trinidad de mi existencia. Sin que ellas se encaminen a la felicidad y a la satisfacción personal mi camino está errado.

Son pequeñas y yo estúpido. Mi ingenuidad me hace creer que puedo influir en sus decisiones de la manera que espero. Sin duda mis pisadas en la arena las impulsan hacia algún lugar, probablemente no el que yo espero.

Ya veremos.

El café de la mañana me da algunos vatios de energía para sentarme a proponerme a mi mismo hacer este ritual a diario: ordenar mi mente, recalibrar el paso hacia la felicidad y plenitud.

Al decir que mi cuerpo es un tríptico, descarto que mi mente lo sea. Entiendo la imposibilidad de provocar que mis hijas sean mejores que yo. Ya son mejores, ahora a sus pocos años y no tiene nada que ver con sus méritos intelectuales. Son mejores personas porque ellas ya lograron algo más que lo que yo lograré en mi vida: hacer sentir amor en mí, dar amor es algo que yo no logré hasta ahora. Son distintas y eso debo tenerlo en cuenta en cada interacción con ellas, en cada decisión que las ataña. Las amo como a nada porque soy consciente de ese amor como nunca lo fui antes. Amé a mi madre y a mis hermanos pero con ellos no sentí el calor de ese amor como el que proviene de la mera existencia de mis hijas. A medida que pasa el tiempo a mi hermana cadaa vez la voy ubicando más cerca como una amiga. El gratificante darse cuenta como la amistad (el amor que implica) corrige y aumenta el amor de hermanos y a su vez ese amor tibio y constante no se compara al que uno puede llegar a sentir por mis hijas. Esto es comparar una estufa con el el sol.

Me doy cuenta que esta declaración devino en canción de amor a mis hijas, a mi hermana, a mi hermano en la distancia y a mi madre en su ausencia. Una declaración en apariencia muy profundamente alejada de lo que pretendía en principio.

¿Qué pretendía? Aún hay tiempo.

Luis Rodrigo Valdés
26/09/2022